LOS IGNORANTES
17/02/15

Por: Ivan Dezmor

Hacía un tiempo que había perdido la mala costumbre de dormir hasta tarde. Durante una época lo hizo porque las noches para él eran más largas que las de un mortal común. Siempre imaginaba que su historia sería diferente alguna mañana por ninguna razón. Por eso, caminaba hasta altas horas de la noche en su casa tratando de cosechar alguna idea original.

Aquel día había decidido no esperar nada. Sentado en el sofá viejo en el que solamente los gatos solían dormir en las tardes, se acostó un breve instante a pensar. Al principio esperaba conseguir algo fructífero, que lo hiciera sentir vivo y con esperanzas de nuevo, pero después de buscar sin éxito en los rincones más apartados de su solitaria memoria, decidió poner la mente en blanco y cerrar los ojos.

El cansancio llegó de inmediato y se apoderó de él. Se desvaneció en recuerdos y fantasías para soñar una vez más con ella. Aquella mujer a la que había visto deambular por su barrio durante los últimos años, pero a la cual, solo tuvo el placer de conocer una noche larga de invierno.

El balcón estaba empapado y el reloj ya marcaba la primera hora de un nuevo día. Después de preparar un jugo de zanahoria para concretar ideas, sacó un cigarrillo y se hizo a la orilla de la ventana que daba a la calle. Allí en medio de la oscuridad, estaba ella solitaria, mirándolo fijamente como si quisiera decirle algo. Él se quedó allí un momento, y después de encender el cigarro, trató de descubrir si era verdaderamente a él a quien estaba observando.

Al sospechar su posición, decidió hacer un gesto para comprobar lo pensado. Ella reaccionó inmediatamente quizás, esperando una señal más concreta de él, pero en medio de la ventana y la lluvia el hombre volvió a desaparecer.

Al cabo de un minuto la puerta principal del edificio se abrió, y él salió con una sombrilla a su encuentro. Caminó de prisa hasta ella y la invitó a pasar. La mujer ya estaba empapada y temblaba de frio. Al subir al apartamento pudo notar en su rostro un aire más tenso del que normalmente veía.

Habrían pasado dos años desde que ella partió de su casa en busca del sueño de ser periodista. Sin embargo las falsas oportunidades se camuflaron en un déspota profesor de historia que le habría prometido el paraíso.

Después de relatar brevemente su historia optó por no decir más. No dirían nada que los involucrara sentimentalmente con alguien o con algo, ni siquiera con ellos. No hubo nombres, no habría un después, no eran más que esa noche lluviosa y ellos.

Hablaron de la vida, de los sueños, del café y de los gatos, que durante años habían sido para él su única y más valiosa compañía. Vagaron entre palabras y miradas que se desvanecían al recordar la brevedad del momento. Sin embargo la distancia entre ambos se iba haciendo cada vez más corta y la afinidad íntima volaba desmesuradamente por toda la habitación. Solo fueron necesarias un par de copas de vino más, para que los dos se consumieran toda la noche.
Al despertar en el sofá viejo mantuvo la mirada perdida por unos minutos. Se sentía peor que al principio pero con la confianza de recordar aquella noche incierta. Consintió a uno de los gatos testigos de su improbable idilio, y se levantó con el firme propósito de volver a escribir algo que lo sacudiera.

Pensó en ella hasta el punto de excitarse de nuevo, sin embargo la rapidez de sus manos no dejaban de teclear aquella olvidada máquina de escribir que había heredado de su padre. Se sumergió por completo en el texto y expresó todas sus dudas y más profundas emociones.

Había caído la noche y una suave brisa lo hacía pensar en aquel fugaz pero inmortalizado amor.
Se levantó cansado después de avanzar en aquel escrito que tanto había buscado. Los años le empezaban a pintar de canas el cabello, y los días en que vio pasar a la mujer sin nombre, por el frente de su casa parecían ya perderse en el tiempo.

“Fue en otra vida”, solía pensar a veces, mientras preparaba su habitual jugo de zanahoria. El sabor de los cigarros y de aquella bebida que le recordaba a su madre, desde entonces también le traería el recuerdo de un sueño del que nunca hubiera querido despertar.

Licuó el jugo en el vaso más grande para beberlo mientras terminaba su escrito, pero la brisa comenzó a bañar su ventana. Todo parecía tan exacto a aquella noche, que en busca de otro pedazo de inspiración, sacó de su bolsillo el último cigarrillo que tenía. Se detuvo frente a la ventana, y esperó que alguien lo observara desde la calle.

Sintió una inmensa nostalgia y se preguntó por ella, inventando tres o cuatro respuestas hipotéticas de su paradero. “Se habría casado” pensó. “Quizás estudio otra cosas y vive muy lejos de aquella solitaria calle” concluyó.

Los carros empezaban a utilizar los parabrisas y la gente caminaba cada vez más rápido para evitar la futura tormenta. Fue curioso cuando pensó en que era la misma época del año, mientras observaba en la calle a un taxi hacer la parada.

Un par de enamorados que vivían en el mismo edificio se bajaron sonriendo apresurados del carro. Mientras un gesto melancólico y resignado se dibujaba en su cara por hacerse la ilusión de verla aquella parecida y solitaria noche de nuevo, terminó su cigarro. Colocó el poco jugo que aún le quedaba en el vaso sobre la mesa que sostenía su vieja máquina de escribir, y se sentó una vez más.

En la calle del frente un carro se detuvo cuidadosamente. Había viajado por cuestiones profesionales a la ciudad y al pasar cerca de su vieja y olvidada casa, recordó la ventana desde donde un interesante y solitario hombre la observaba pasar todas las tardes cuando volvía del trabajo. Quiso “echar un vistazo”.

Frenó frente al semáforo que aún estaba en verde, fantaseó con algún lejano encuentro y decidió marcharse justo antes de que el semáforo volviera a cambiar. Dobló la esquina mientras acudía al recuerdo, y se perdió una vez más en la ciudad que los vio mirarse sin hablar.

Ella tuvo miedo de buscar la esperanza. Él vivió ignorando su posible fortuna. Ambos soñaban con el cuerpo y los abrazos del otro, pero ninguno hizo nada por encontrar el momento. Ella consiguió ser la persona que soñó, y él pudo escribir la historia que lo haría diferente en la mañana del día que nunca volvió.